IMPACTO SOCIAL

Un problema clave en el ámbito académico es el de la valoración del impacto, que tradicionalmente se basa en la actividad investigadora de las universidades, o en la medición de la calidad docente o de la transferencia de conocimiento.

Existe una cuarta dimensión trasversal al resto: el impacto social.

Muestra de ello es la última evaluación nacional a la que se sometieron las universidades británicas dónde el objetivo era evaluar los beneficios que las universidades reportaban a la sociedad (Wilsdon 2015). En el caso de iniciativas del tipo Medialab, la evaluación debe combinar indicadores tanto cuantitativos como cualitativos, todo ello se hace aún más complejo si tenemos en cuenta la naturaleza singular de los artefactos digitales generados o la valoración del aprendizaje metodológico con independencia del éxito final de la solución alcanzada.

Esta nueva aproximación surge por las demandas sociales, así como por el desarrollo de la cultura digital. Reflejo de ello, es el hecho de que campos como el de la bibliometría amplíen su campo de interés hacia las redes sociales desarrollando nuevos indicadores alternativos (priem, 2013; Torres-Salinas, Cabezas-Clavijo & Jiménez-Contreras, 2103).


MEDICIÓN AUMENTADA DEL IMPACTO SOCIAL

Se pueden usar las redes sociales como herramientas para monitorizar y captar el impacto social de este tipo de iniciativas académicas abiertas a la ciudadanía.

Las redes sociales plantean una oportunidad y un reto aún mayor para identificar indicios de impacto más allá del científico, algo especialmente necesario en iniciativas como los Medialabs universitarios.

El nacimiento de la Web 2.0 y su progresiva adopción entre la comunidad investigadora (Cabezas-Clavijo, Torres-Salinas & Delgado-López-Cózar, 2009) brindó la oportunidad para rastrear nuevas evidencias del uso de las publicaciones científicas más allá de la citación, dando lugar a lo que Priem y Hemminger (2010) bautizaron como “Cienciometría 2.0”.

Desde ese momento, se inició una corriente de investigación centrada en el análisis de estas nuevas métricas denominadas “altmetrics” (Torres-Salinas, 2013). Estas métricas han despertado un gran interés por parte de evaluadores y gestores en política científica por su potencial para medir el impacto de la investigación dentro de audiencias no científicas (Wilsdon & Al., 2015). No obstante, aún no se han podido desarrollar metodologías que muestren el valor de las altmétricas para medir el impacto social de la investigación (Sugimoto & Larivière, 2016).

El principal problema radica en que la aproximación que se hace sigue siendo muy similar a la de la citación:

Se buscan menciones/citas a trabajos de investigación. El hecho de que se intente establecer el vínculo con la publicación a la hora de buscar indicios de impacto que vayan más allá del puramente científico supone una limitación. Sin embargo, en los últimos años se está apostando por metodologías más innovadoras cambiando el foco de la publicación científica y centrándose en el investigador. Esta es la perspectiva empleada por Milanés-Guisado & Torres-Salinas (2014) donde se analiza el número de menciones que reciben los trabajos de una muestra de investigadores en las redes sociales, y la visibilidad que tienen dichos autores en las redes sociales.

La introducción del investigador como unidad de análisis y la exploración de indicadores no basados en publicaciones permite profundizar en aspectos relacionados indirectamente con la investigación más cercanos a lo que se concibe como impacto social.

Al plantear un enfoque basado en el sujeto y no en el output, se puede desarrollar una metodología escalable sin necesidad de establecer niveles de agregación, en la que la función del sujeto analizado puede variar en función de su escala. La perspectiva y los objetivos a conseguir por parte de un investigador que emplea las redes sociales para alcanzar audiencias no académicas difieren de la perspectiva y objetivos de una institución o un centro de investigación. Esta aproximación resulta adecuada cuando nos referimos a centros digitales cuyo ámbito neutral es la red.

Las redes sociales ofrecen ventajas adicionales, ya que no solamente permiten identificar las audiencias a las que llega un investigador o un medialab sino que lo hacen en tiempo real, dando la oportunidad al gestor de analizar el potencial del centro para alcanzar a las audiencias objetivo.

Esta perspectiva se basa en el marco conceptual presentado por Nederhof (2006) donde analiza las razones por las razones por las que es problemático utilizar indicadores bibliométricos en las disciplinas de las Ciencias sociales y humanas por una cuestión de audiencias.

Robinson-García, Van-Leeuwen y Rafols (2016) también plantean utilizar redes sociales como proxy para identificar interacciones entre investigadores de ciencias sociales y humanas con el entorno local. Nederhof (2006) establece tres tipos de audiencias a las que estos investigadores se suelen dirigir:

  • La comunidad científica global: caracterizada por unos patrones de comunicación muy estandarizados.
  • Expertos locales: formada por profesionales y académicos que trabajan con el entorno local.
  • El público no académico: conjunto muy heterogéneo.

Durante las últimas décadas se ha exteriorizado el modelo Media Lab, que se sitúa al alero de una enorme variedad y densidad de discursos y proyectos artísticos y también ligado al arte de los nuevos medios.

¿Cuál es la razón de poner el modelo Medialab junto al constructo arte-ciencia-nuevos medios? ¿Cuáles son los antecedentes que los vinculan entre ellos? ¿Qué tienen que ver allí, realmente, la interacción significativa, la autoría compartida, el procomún o la auto-organización?

Existen referencias del afán de fusión de arte y máquinas desde fines del siglo XIX y esto es más significativo cuando se une el uso de medios como la radio, la fotografía, el cine, la telefonía, etc., con los cuestionamientos artísticos e investigaciones producidas a partir de las Vanguardias históricas. Es indicadora la postura artística de Raymond Roussel, detrás de las máquinas de hacer arte que propone en 1910.

Sostenemos que el acuñamiento y difusión del término se sitúa en la lógica conceptual occidental del arte tecnológico y/o la estética científica, que han sido objeto de múltiples estudios desde los años sesenta. Dentro de ese proceso de revisión, pueden destacarse algunos hitos, como la pionera exposición Cybernetic Serendipity, celebrada en Londres en 1968, o la exposición Les Immatériauxs del Centro Pompidou, comisariada por Lyotard en 1985.

Estas y otras experiencias se relacionan y actualizan bajo diversos nombres, siendo los de Arte medial, Arte mediático y Mix media art, algunos de los más extendidos. Por ejemplo, en el Simposio Internacional de Arte Electrónico (ISEA) de 2011, se designa indistintamente al arte de los nuevos medios como: Computer art, Algorithmic art, Generative art, Information art, Evolutionary art, Process art, Systemic art, Cybernetic art, Kinetic art, Fractal art, etc.

Tal profusión terminológica, ha sido producto, por lo menos en parte, de definiciones que funcionalmente encajan en el ámbito mediático, económico y político cortoplacista, debido a la proximidad de la génesis de los nuevos medios. Esta terminología también hace alusión a las propuestas artísticas que utilizan las redes telemáticas y abiertas a todo público (Brea, 2002).

Los variados análisis han generado elucubraciones que oscilan entre el tecnofetichismo y la tecnofobia. Ambas posturas, enfrentadas, tienen antecedentes en la pretérita discusión entre el formalismo estético y la racionalidad conceptual. A medio camino estaría la estética numérica (Marchán, 1972).

Sin embargo, hay discursos que promueven el modelo de colaboración arte-ciencia sin contrapeso analítico, ignorando que el desarrollo tecnológico tiene ramificaciones múltiples y ambiguas, y los artefactos y sus sistemas pueden ser utilizados para reproducir el orden social o para subvertirlo.

Feenberg, apoyado en el pensamiento de teóricos anteriores como Flusser o Feyerabend, sintetiza esta idea de manera muy clara, destacando sus aspectos negativos: “la tecnología puede ser y es configurada de un modo tal que reproduce el dominio de pocos sobre muchos” (2005, p. 111).

Al parecer, la articulación presupuesta en los Medialab entre las TICs, las ciencias y el arte, hace referencia más a la forma que al contenido, en el sentido de diseño estético y del uso de la lógica estructural del lenguaje, aunque todavía estén en un nivel primitivo, tal como sentencia Lippard (2004).

Creemos, más bien, que la experimentalidad esencial del arte o de la ciencia sería una constante violación de los límites de la realidad (Del Río, 2003). En cualquier caso, existirían conceptos prejuiciados históricamente por los sistemas instituidos, que lo presentan como contrapuestos.

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