ORIGEN

Desde las Vanguardias históricas, y más nítidamente desde finales de los años sesenta hasta hoy, se exterioriza una transición del constructo de acción individual hacia el colectivo en el trabajo artístico, actualizado teóricamente con enormidad de nombres: Artivismo, Arte Dialógico, Conectivo, Relacional, Contextual, de la Emergencia Comunitario o Colaborativo.

Este fenómeno se presenta, para algunos analistas, como una trayectoria clave para comprender la producción del arte actual, haciendo notar que en él existe una crítica implícita o explícita hacia el fetiche de la subjetividad artística personal.

Esta postura crítica se observa en grupos como: Critical Art Ensemble, Ala Plástica, Escuelab, Laboratorio Reivindicación del siglo XX, Collective´s ReMuseum, Public Art Lab, Guerrilla Art Collective Project y Marginalia Lab2. Todos ellos abogan por la autoría colectiva de proyectos que emergen de la comunidad y repercuten en ella, abriéndose a la participación ciudadana y siendo desarrollados, generalmente, bajo una óptica interdisciplinar. Su propia naturaleza les dota de una condición fluctuante, tanto en lo que se refiere a la composición del grupo, como a los temas que abordan y a la materialización formal de sus producciones, que suelen quedar en un segundo plano respecto al relieve que cobran los procesos de trabajo.

Surgiría, de este modo, una clave invariable, difundida como colaboración, participación e interacción grupal, representada en múltiples opciones productivas, desarrolladas teóricamente desde Brecht a Osborne. El concepto de colaboración (Laddaga, 2011; Rodrigo, 2011; Kester, 2010; Ardenne, 2006), tal cual lo entendemos en nuestra investigación, está caracterizado por traspasar las estructuras de producción y distribución destinadas a las élites y abrirse al ámbito público.

Entendemos que la producción artística cooperativa sobrepasa los contextos clásicos del sistema y permitiría resituar a las personas y su experiencia de vivir el arte como un modo de protección ante el artificio de la experiencia, mecanismo propio de algunos espacios de arte que están inmersos y saturados de adormecimiento, suplantación, asalto visual y golpe de efecto.

En respuesta, están desarrollándose nuevas prácticas artísticas que funden lo estético, el arte y el activismo. Productores de arte y analistas han ideado las bases teóricas, a la par que realizan una serie de trabajos que hablan de una nueva situación en el arte. Así, han logrado hallar puntos de conexión entre el arte, las nuevas tecnologías y el movimiento global contra el tardo capitalismo.

En el ámbito de la educación, en 1986 Johm Dewey fundó Laboratory school, un colegio vinculado a la Universidad de Chicago en el que se abordaba la innovación educativa desde un enfoque experimental. Dewey criticaba “la pasividad de actitudes, la masificación mecánica de los niños y la uniformidad en el programa escolar y en el método” (Dewey, 2009:73).

Como contraposición desarrolló un método para generar innovación desde un enfoque de “aprender haciendo”, al tiempo que diseñó un espacio en el que poder observar las propuestas teóricas que se formulaban la combinación de diseño metodológico, experimentación en entornos reales y evaluación del impacto es común a los actuales enfoques de intervenciones centradas en pequeñas comunidades ciudadanas con propuestas que son posteriormente escalables en función de su eficacia y visibilidad.

Wilbur C. Phillips, en el ámbito de la salud pública, desarrolló un modelo de organización social denominado “social unit plan”. Se trataba de un sistema desarrollado entre 1917 y 1920, que permitía una gestión compartida de los asuntos comunitarios por parte de los ciudadanos y los propios expertos. Phillips (1940) dejó por escrito su experiencia en la obra “Adventuring for democracy”, en este caso la implicación ciudadana en el desarrollo de soluciones a problemas comunes en conjunción con la aportación de los expertos responde a los enfoques de cocreación que se desarrollan actualmente.

Se reconoce igualmente el valor del conocimiento distribuido socialmente frente al imperio de un saber especializado y acreditado en la línea de desarrollo de los laboratorios sociales podemos sumar las contribuciones que desde la experimentación con la tecnología realizan los laboratorios de medios o medialabs, unos laboratorios que, con la democratización del acceso a la tecnología, han acabado convergiendo con los primeros en su enfoque ciudadano.

El medialab, bajo dicha nomenclatura, surge de forma canónica en el Massachusset Institute of Technology en 1985 (Mit Medialab), generando iniciativas similares en otros lugares.

Ruiz Marín y Alcalá-Mellado (2016) denominan con “labs pioneros” a otras iniciativas previas en los años sesenta:

  • Experiments in art and technology en Nueva York (1963).
  • Center for advanced visual studies (Cavs) (Massachusetts, 1967).
  • Generative systemn (Chicago, 1968) dentro de los “labs modernos”.
Junto con Mit Medialab se sitúan iniciativas como karlsruhe (Alemania, 1989), electrónica Center (Linz, Austria, 1996) o Intercommunication Center (nnt) (Tokio, Japón, 1997). Con todo, no podemos afirmar que esta sea la única fuente de la que beben los Medialabs actuales.

El panorama es bastante complejo con proyectos experimentales que empleaban tecnología para sus creaciones artísticas,  ese es el caso de Espacio P, un proyecto pionero generado por iniciativa particular, sin vinculación institucional que surge en Madrid a principios de los años 80.

Actualmente, el alcance del modelo Medialab, en sus diferentes denominaciones, ha sufrido un significativo desplazamiento fruto de la expansión social de las tecnologías digitales.

La visión contemporánea del Medialab es la de un laboratorio donde se explora la influencia de la tecnología en los procesos de trasformación social hacia la ciudadanía activa.

La evolución ha hecho que la parte “Media” de estos laboratorios deje de centrarse esencialmente en la idea de medios de comunicación para incorporar la idea de mediación (Ruíz-Martín & Alcalá-Mellado, 2016).

Laboratorios de mediación que se enmarcan de forma natural dentro de las claves de la cultura digital, la rápida democratización de la tecnología ha hecho que los Medialabs hayan pasado de presentar un perfil tecnológico a adoptar una perspectiva social (Tanaka, 2011), en la propuesta para la creación de un Centro de excelencia en arte y nuevas tecnologías.

Se define Medialab como “la nueva basílica de la organización de los discursos, como lugar de encuentro del viajero y escenario de todas las experiencias colectivas que requiere del sometimiento individual a las formulaciones de sus nuevas reglas de juego”.

Más recientemente se le suman al complejo panorama de laboratorios nuevas formas como son “hacklabs”, “makespaces”, “fablabs”, “citylabs”, “incilab”, “prototipolab”, etc.

Existen muchos enfoques desde los que poder clasificar las diversas formas de medialab, Tanaka (2011) distingue los siguientes:

Medialabs basados en el modelo de los laboratorios de investigación y desarrollo mantenidos por las empresas, por ejemplo: bell labs o ibM Tj Watson.
La tecnología se emplea para la experimentación artística, destacan proyectos europeos como Ars Electronica Futurelab y ZkM Center for art and Media. También destacan iniciativas más recientes centradas en la innovación en medios de comunicación (Salaverría, 2015).

Generados en el entorno universitario centrados en la innovación y el emprendimiento, un ejemplo de ellos es Experimental Media and Performing Arts Center (eMpaC) en el renssealer polytechnic institute.

Con implicación social y basados en la participación ciudadana con una filosofía do-it-Yourself, uno de los principales ejemplos es el Medialab Prado en Madrid, referente en España.

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